jueves, 7 de febrero de 2008

El día que conoces al ex.

Una de las cosas más difíciles de comenzar una relación es empezar a conocer a los amigos, la familia, las historias, etc, de la otra persona. Siempre crea un clima de circunstancia complicada el tener que enfrentarse al pasado del otro, aceptarlo y descubrir que, tal como uno, la otra persona ha tenido vida y la aprovechado más de lo que te gustaría saber.
Si ya es difícil todo lo que dije antes, el sitial de honor se lo lleva el momento en que conoces al ex, que ahora, por circunstacias del destino, se ha convertido en uno de los mejores amigos de tu polola. Estás ahí parado tratando de disimular la curiosidad por conocer cada detalle de esa persona que antes que tú, ha puesto sus manos en tu tesoro más preciado.
Lo peor es que lejos de ser desagradable, te das cuenta que es un buen sujeto, no tan bueno como tu, por cierto, pero que no tiene nada demasiado malo, más que mal, él ocupo antes tu lugar. Te preguntas tantas cosas ¿Porqué terminaron? ¿Cuánto duraron? ¿A qué nivel llego la relación? ¿Que cosas le decía a ella mientras la tocaba? y después de eso te comienzas a volver un poco loco, porque sigues ahí parado al medio de una conversación que no te necesiita para nada, porque ellos tienen hitoria de sobra, si él conoce más de la familia que lo que tú has aprendido estos seis meses.
Te das cuenta que aquella relación que crees que es la más importante de la vida, a la larga puede ser solo una más, y que todo lo que estás viviendo con el gran amor de tu vida, puede en el futuro pasar a engrosar la lista de anécdotas recordables.
Hoy me di cuenta que el amor puede terminar, o si no no existirían los ex, que las mujeres no se fijan necesariamente en el mismo tipo de hombre (yo no me parezco en nada a él, no digo tanto garabatos, hablo bastante bien, no cultivo mariguana en mi casa, ni me apasionan los camiones) y que persiste mi idea de que es mejor no mantner una linda amistad con las personas que conocen mucho más de lo que un amigo debe llegar a conocer.
Todos tenemos pasado, es verdad, el problema surge sólo cuando se nos aparece en nuestro presente y nos muestra un letrero de advertencia que nos vuelve a la tierra y nos dice "tu no eres el único, no fuiste el primero y quizás no serás el último"
Triste pensamiento, pero que más podemos pensar en tiempos como estos, cabe todavía creer en el amor eterno, la ley de divorcio nos diría lo contrario.
El tiempo dirá, por ahora arovecharé los prometedores momentos que me ofrecen el regalo del ex de mi polola (no sé si pasamos por eso a ser parientes o algo así), sacado de su cosecha personal listo para ser fumado y disfrutado.

miércoles, 6 de febrero de 2008

De profundis

Siempre he criticado a esas personas que gozan escribiendo acerca de sí mismas y esperan cada día a que otros, más desesperados que ellos, se interesen en sus penurias. Prefiero a aquellos que, como dice un amigo, sólo escriben por escribir.
La verdad es que comienzo este blog, la nueva aventura del siglo XXI, sin saber si estoy dentro del primer o del segundo grupo. Quizás en el fondo de mi mente irreflexiva surge la esperanza de que alguien se interesará por leer un espacio que no tiene ningún interés para otra persona que no sea yo mismo, quizás, en el fondo, deseo que otros me digan que no soy el peor, que hay otros peores, que sólo soy una pieza más de un mecanismo que tiene a muchos más consumidos que a mí. Pero no, no escribo esperando que lean, solo escribo porque lo siento como una necesidad que he querido ocultar por mucho tiempo, porque las palabras a veces se agolpan en mi mente y quieren salir por mi boca y se pierden en el silencio esperando ser escritas, plasmadas en el recuerdo.
Cuando hoy decidí crearme un blog venía en el Metro, mucho calor, personas más cerca de lo que desearía y en una esquina del vagón una pareja de jóvenes (más jóvenes que yo, por lo que no pude evitar mirárlos desde la experiencia) intentaban estar más juntos de lo que un espacio público permite y olvidando a las demás personas, muchas de las cuales nos incomodamos ante muestras tan explícitas de exitación, no escatimaban en abrazos, traspaso de fluidos y manoseos. Aunque yo evitaba mirar hacia esa esquina, más amenudo de lo que me hubiera gustado me encontraba mirando el espectáculo, aunque la verdad es que estaba muy lejos de prestar atención a ellos (ella era muy linda, eso alcancé a notar), yo pensaba, pensaba en alguien que me hace pensar más de lo que me gustaría. A falta de papel comencé a redactar una carta mentalmente donde le decía la tristeza que llevaba de vuelta a mi casa, le contaba que yo estaba bien, pero que todavía no me había acostumbrado a no tener orgullo y a la impotencia que se siente estar preso de los deseos de otra persona. Después de terminar la carta comencé a delirar poéticamente, los otros ya no me apretaban tanto y la pareja seguía en su ritual. Pensé en el amor, hice versos acerca de lo terrible que es estar enamorado y de obligarse a estarlo. Después de todo y ya casi llegando me sentía más triste que cuando comencé el viaje. Recordé entonces lo mal que se siente decir te amo y no recibir repuesta.
Eso me decidió a abrir un blog. Viajé más de una hora, pensé todo ese rato y recordé que en algún lugar leí que la mejor manera de expiar los sentimientos era escribiendo, y aquí estoy, apretando teclas sin darme cuenta, dejandóme llevar por las reflexiones irreflexivas.
Si vuelvo a escribir en este lugar, solo el tiempo lo dirá, aunque de verdad ha sido una buena terapia estos últimos 30 minutos. Recién comenzaré a descubrir las ventajas de tener un blog, un diario de vida expuesto a todo el mundo, interesante.